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Yo también fui funcionario en prácticas

21 Nov
Ahora que en los CEPs estamos preparando todo lo relativo a la formación del profesorado novel de Secundaria, me viene a la memoria aquel curso, cada vez más lejano, en el que yo también fui funcionario en prácticas. Sin duda, algunos de mis mejores momentos personales y profesionales datan de ese curso, en el que me sentía el rey del mundo por haber conseguido, por fin, asegurar mi futuro. Pero también viví una de mis peores experiencias, relacionada concretamente con la superación de la fase de prácticas. Voy a contarla ahora tal y como la recuerdo, sin ánimo de revancha, pero con el propósito de saldar esta deuda con mi memoria y de poner sobre aviso al profesorado novel que pueda verse ante situaciones semejantes. Yo no me atreví a denunciar públicamente el intento de abuso al que fui sometido, entre otras cosas porque compañeros más curtidos, incluso sindicalistas de pro, me aconsejaron dar capotazos y hacerme el tonto, en vez de plantar cara a la situación. Después de 12 años, creo que fui sensato, pero me remuerde la conciencia no haber actuado como me dictaba el corazón. En fin, nadie es perfecto.
En aquellos tiempos, para superar la fase de prácticas era necesario realizar una serie de tareas. Que yo recuerde, elaborar una propuesta de Programación de Departamento y una Memoria del curso académico. Además, un inspector hacía una especie de seguimiento durante el curso. En mi caso, era un inspector de la Delegación de Granada, de cuyo nombre no puedo acordarme, pero cuya imagen ha dejado un indeleble recuerdo en mi memoria. La primera vez que tuve noticia de él fue cuando me dijeron en el centro que había llamado preguntando por mí. Me puse en contacto con él y me citó en la Delegación de Granada a las 5 de la tarde.
Yo estaba trabajando en Motril, así que el día fijado acudí a la cita (por supuesto jamás cobré dietas por desplazamiento) esperando encontrarme con el grupo de compañeros y compañeras de Geografía e Historia que debíamos compartir la tutela del citado inspector. Nada más lejos de la realidad. A las 5 no había nadie en la Delegación, no sé si personal de limpieza y algún funcionario de guardia, pero todo estaba muy oscuro y desangelado en aquel viejo caserón de la calle Duquesa. En el hall hizo su aparición el inspector, corpulento, con gesto poco amistoso y una mirada sibilina tras las gafas. Me hizo subir a su despacho, sin que se percibiera en todo el edificio el menor signo de vida inteligente. Pasillos oscuros y silencio.
En el despacho se sentó tras su mesa y comprobó mis datos. Parecía tener algo así como un expediente sobre mí, tal vez incluso con mis notas en la oposición. Con tono poco amistoso y un tanto atemorizante, me hizo notar que hasta el momento sólo había aprobado tres exámenes, por lo cual me felicitaba, pero no sería funcionario hasta que él verificara que lo merecía. Me dijo, por ejemplo, que a veces las oposiciones se aprobaban por suerte, y que por eso existía ese año de prácticas, para comprobar que definitivamente uno era merecedor del puesto de trabajo. Me preguntó cómo había preparado mis oposiciones, si había usado un temario de academia o había elaborado mis propios temas. Yo tenía miedo, porque ni tenía temario de academia ni muchos temas elaborados a conciencia por mí. Mi material era un puñado de folios con esquemas a mano hechos a partir de mis apuntes de carrera y de manuales universitarios, y aun así sólo tenía ese material para un 25% del temario. Vamos, que ciertamente había aprobado por “suerte” y me temía que eso me supusiera perder la oposición, tal y como lo planteaba el inspector.
No sé si notó mi miedo, pero me dijo que él tenía que comprobar que yo dominaba el temario completo, y que para eso la mejor forma era repasarlo tema a tema y que yo le dijera qué material había usado para preparar cada uno. Como buen inspector, debió notar el ¡Tierra, trágame! en mis ojos. Después de ir leyendo el título de los primeros diez o doce temas y recibir como respuesta mía un: – “Ese lo preparé con los manuales de la carrera, pero no elaboré el tema”, cambió de táctica y me sugirió que le dijera directamente qué temas había elaborado personalmente. Mentí como un bellaco para terminar el repaso de los ochenta y tantos temas de entonces con una triste y falsa nómina de no más de diez supuestamente bien elaborados por mí. Me preguntó que si los tenía en soporte informático, y le dije la verdad, que no. Puso mal gesto, como de empezar a perdonarme la vida, y me dijo que a la vista de lo que le había dicho me quedaba mucho trabajo por hacer para demostrar que no había aprobado por suerte. Entre otras cosas, me señaló algunos de los temas que yo decía tener bien elaborados y me mandó como tarea pasarlos a ordenador y entregárselos en un plazo razonable para que él pudiera comprobar mis capacidades. Pero eso no era todo, como había gran cantidad de temas que yo no había elaborado, era muy importante que elaborara algunos de ellos (cinco o seis me señaló) . En este caso, claro, ya puesto debía entregárselos en soporte informático.
Como se puede imaginar, salí de la reunión (encerrona) con ganas de suicidarme. Apenas llevaba unos meses disfrutando de mi éxito cuando este inspector lo ponía en el alero y me dejaba claro que me quedaba mucho trabajo por hacer para demostrar que merecía ser funcionario. Entre los temas que tenía que reelaborar y pasar a ordenador y los temas que tenía que elaborar partiendo de casi cero serían unos 15, y me daba un plazo razonable de unos tres meses. Me dejó bien claro que si no le entragaba dicho trabajo, o él no lo consideraba de calidad suficiente, tendría que “repetir” la fase de prácticas, y que él cumplía con su misión para comprobar la preparación de los recién aprobados como yo.
Cuando comenté al día siguiente en mi instituto la entrevista con el inspector, mis compañeros de departamento se llevaron las manos a la cabeza. Jamás habían oído hablar de algo parecido, y lo primero que me dijeron es que no entendían que me mandaran algo así, cuando además tenía que elaborar la Programación del Departamento y la Memoria final. Para más inri, en ese año de prácticas yo tenía que impartir ocho horas de Lengua y Literatura de 2º de BUP y dos horas de Música de 1º de BUP, y como era un ingenuo dedicaba mucho tiempo a preparar esas clases. Menos mal que siempre tenemos algún compañero o compañera sindicalista en los claustros, prestos a defendernos de las injusticias del sistema. José María, compañero del Departamento de Geografía e Historia y militante de base de CCOO (de los buenos), me dijo que haría gestiones en su sindicato para ver qué pasaba con mi inspector y sus deberes. Y vaya si las hizo. Al día siguiente me dijo: – Lo siento, tengo malas noticias. Me han dicho que lo mejor que puedes hacer es seguirle la corriente a ese inspector e intentar capear el temporal sin negarte a nada y sin enfrentarte. No tiene buena fama. Pero la cosa fue a peor cuando una compañera de Matemáticas que estaba al lado me preguntó quién era mi inspector, y cuando le dije el nombre cambió la expresión de su cara y se descompuso. Sí, no hacía mucho había instruido un expediente contra ella por haber protestado airadamente en una cola de la Delegación, y terminó sancionada y humillada.
Tenía un compañero de Geografía e Historia en prácticas en otro instituto de Motril. Un día coincidimos y resultaba que nos tutelaba el mismo inspector. A él le había hecho idéntica encerrona, en el mismo sitio y a la misma hora, pero en distinto día. Su entrevista había sido exactamente igual, pero en su caso, los temas que le había mandado elaborar en soporte informático eran distintos. Haciendo cábalas, y como éramos listillos, llegamos a la conclusión de que entre todos los noveles tutelados por este inspector le íbamos a entregar un temario de oposición completito, calentito y recién salido de opositores aprobados. Entre los temas que podíamos tener listos para la entrega, y los que nos mandaba elaborar, un temario completo por el que bastantes academias de preparación de opositores habrían pagado un buen dinero, digo yo. Y esa era la clave. No puedo decir mi fuente de información, pero alguien bien enterado de los asuntos de la Delegación de Granada, porque entonces trabajaba allí, me dijo que el señor inspector era también preparador de oposiciones, que tenía muy malas pulgas y que intentara no llevarle la contraria.
Mi compañero de Motril, que este sí que era un currante, le entregó al inspector los temas que ya tenía elaborados, aunque algunos tuvo que pasarlos a ordenador. No sé que haría el resto de los noveles, pero yo jugué al despiste. El día que me avisó por telefono de que iría a mi centro a visitarme, y que tuviera preparado el trabajo que me encargó, me arropé de mis compañeros de Departamento, todos dispuestos a ayudarme. Lo recibimos reunidos en el Departamento, y no hicieron más que echarme flores y alabar mi trabajo y mi entrega, intentando no dejar resquicio para que me pillara a solas, y que si quería pedirme “la tarea” tuviera la osadía de hacerlo públicamente. Claro que lo intentó, y yo llevaba preparado mi material: un cúmulo de fotocopias de mis caóticos esquemas manuscritos para unos diez temas. Delante de mis compañeros le dije que no había tenido tiempo de pasarlo a ordenador, ni de elaborar los otros temas que me mandó. El pareció no quere hablar mucho del tema ante la concurrencia, cogió la carpeta como sin darle importancia y se despidió, deseándome lo mejor. Cuando se fue, les di las gracias a mis compañeros de departamento por su presencia y apoyo y me relajé un poco, aunque seguí temiendo una llamada inoportuna y otra cita en la Delegación durante un mes. Sólo respiré tranquilo cuando vi mi nombre en el BOJA y supe que ya no tenía nada que temer, y que si volvía a verme con ese inspector sería como funcionario de carrera.
Sí, yo también fui funcionario en prácticas, y ese periodo me sirvió de mucho para aprender algunos entresijos de la administración educativa, para comprender que, como en todos los sitios, hay buenos ejemplos que seguir y comportamientos que condenar. Yo prefiero quedarme con lo bueno, con lo mucho que aprendí de Geografía e Historia, de didáctica, de pedajodía y de humanidad con Rosa Prieto, Juan Nofuentes y Jose María Azuaga. Algún día les dedicaré unas líneas en este blog, porque, aunque han pasado muchos años sin que los vea ni hablemos, a ellos les debo buena parte de mi aprendizaje como profesor. De Rosa aprendí lo que era el análisis de género y la coeducación. De Jose María lo que era tomarse esta profesión como un acto sacramental y de entrega a los demás. De Juan, en fin, a encarar los problemas con una sonrisa y a sacar materiales didácticos incluso de las revistas del corazón. Va por vosotros, maestros.
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2 comentarios

Publicado por en noviembre 21, 2006 en Sin categoría

 

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2 Respuestas a “Yo también fui funcionario en prácticas

  1. María Inés

    noviembre 29, 2006 at 5:37 pm

    ¡Qué agradable es percibir el amor hacia la enseñanza!
    ¡Manifestar esa pasión por la transmisión del conocimiento!
    …Y a igual tiempo tener conciencia que se posee un don y que esto es un privilegio.
    ¡Muy bien!

     
  2. Elevalunas

    enero 10, 2013 at 9:19 pm

    Espeluznante, nunca había oído nada parecido. Espero que semejante tipo no siga en activo, por el bien de todos. Un abrazo, Juanmi

     

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