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Hoy mando quemar mis naves

27 Mar
Estamos en el fatídico o alegre día en que tantos compañeros y tantas compañeras han comprobado el resultado provisional del concurso de traslados, y comienzan a especular, hasta mayo probablemente, con la posibilidad de que el destino, nunca mejor dicho, confirme su traslado a una tierra más propicia para sus intereses o necesidades vitales, o, por el contrario, la prolongación de una condena que no te dejan cumplir en casa, salvo enfermedad con comisión de servicio aparejada.

Mi destino ha estado oscilando en la cuerda floja hasta el último momento. Por una parte, había participado en el concurso de traslados con la incierta posibilidad de acercarme a la tierra que me vio nacer, en la que tengo mis raíces, mi familia y una trabajada casa hasta ahora para vacaciones. Curiosamente, debo pertenecer a la inmensa minoría que paga una hipoteca por una primera vivienda en segunda línea de playa en un centro turístico como Vera, y otra hipoteca por una residencia de verano en un destartalado, climáticamente continentalizado y treintañero tercer piso sin ascensor y necesitado de reforma en un barrio céntrico de Granada; el mismo en el que me he criado y ha sido casa de mi familia hasta que se lo compré a mis padres y empecé a pagar al banco de turno.

Sí, soporto la cruz de ser docente y granadino, y tener que competir por un destino en Granada con todos mis paisanos, con muchos de los colegas originarios de las provincias vecinas y con otra buena legión de docentes bohemios o de buen gusto nacidos en tierras más alejadas. Cuando hace nueve años, después de tres en expectativa de destino, salí de Granada sabía que no iba a poder cantar con pleno derecho “Vuelvo a Granada” en un período largo. Pero uno siempre tiene que intentarlo. Granada no tiene un color especial, queda lejos del Rocío, sus gentes no son la alegría de la huerta ni por carnavales, tiene mucho paro y poca renta percapita y rezuma malafollá. Granada no necesita vivirse para entenderla, se explica ella sola, perla dormida, adocenada y acuadrillada que un día fue capital de Reino y posteriormente, durante varios siglos, cabeza de una jurisdicción legal y mentalmente ajena a Andalucía. Ya somos andaluces “protegidos” por un nuevo estatuto. Que bien.

En mi caso, el traslado a Granada se complica aún más, pues no depende en exclusiva de mis puntos y de las vacantes de Historia, sino también de los puntos de Belén y de las vacantes de Matemáticas. Ah, Belen es mi mujer, y yo soy su marido, aunque seguimos dejando para más adelante el tema de gestionar el papeleo para dejar de estar casados por lo criminal, y hacerlo, al menos, por lo civil.

Hace tres años perdí los puntos de seis cursos de permanencia en Sorbas para alejarme de Granada y ocupar plaza en Vera, pero entonces nuestros proyectos eran otros. Adquirida vivienda en propiedad en Vera, y con destinos en institutos potencialmente atractivos, el Palmeral de Vera en mi caso y el Jaroso de Cuevas del Almanzora en el de Belén, nuestros planes se traducían en afrontar una larga etapa en dichos destinos hasta obtener los puntos suficientes para que ambos pudiéramos volver a Granada, si era posible a algún centro no muy alejado de nuestra casa allí. ¡Qué ilusos!, pensará con razón quien sepa de estos temas.

En ese plan de vida entraba perfectamente el hecho de presentarme a una plaza de Asesor en el CEP de Cuevas. Me permitía plantearme una serie de proyectos y retos profesionales nuevos a medio plazo (me había marcado 4 años como tope de permanencia en el CEP) mientras acumulaba puntos para ese futuro traslado. En el entretanto, la plaza del CEP, pensé, permitía afrontar un concurso de traslados en pareja con la posibilidad de elegir. Es decir, si me daban destino en Granada antes que a Belén podía renovar la comisión y permanecer en Cuevas hasta tanto ella, que a priori lo tenía más difícil, consiguiera plaza en Granada. Pero los planes vitales se deshacen como se hacen, a base de impulsos, y ante el pálpito de que las cosas no iban según lo previsto y esperar un año más en Cuevas se hacía insoportable para Belén, decidimos un cambio de planes, la huida hacia delante a toda costa. Suele suceder cuando es más fuerte la fuerza centrífuga que te repele de un lugar que la fuerza centrípeta que te atrae a otro.

El caso es que ya no era aceptable la opción de esperar más años para acceder a una plaza cercana a la capital, y cambiamos nuestra geografía sentimental y nuestro punto de mira. Las mejores opciones, pueblos a media distancia bien situados en la autovía y cambio de residencia en Granada, huyendo del centro de la ciudad y de sus atascos de salida en hora punta, para asumir un desplazamiento diario mayor que el deseado pero aceptable. Un destino en Guadix viviendo en Alfacar es bastante llevadero, así que ahí pusimos el punto de mira, aun a sabiendas de que tampoco era tan fácil obtener plaza en Guadix. Otro cambio importante en este concurso fue el de no tener remilgos por trabajar en un IES pequeño, sin bachillerato, vista la experiencia que ambos tenemos de que dicho marco, a la postre, no es por definición peor ni mejor que el de un gran centro con Bachillerato. La felicidad del docente depende menos del número de personas que de la calidad de las mismas.

Pensando que era un sueño que de primeras ambos tuviéramos destino en los centros seleccionados, solicité la renovación de la comisión de servicio como asesor de CEP en Cuevas, pero mira tú por dónde a veces los improbable toma cuerpo y se hace realidad, aunque sea provisional. Hoy he comprobado que, provisionalmente, ambos hemos obtenido destino, por supuesto, no en Granada ni sus inmediaciones ni en un centro con bachillerato, pero destino asequible a nuestra futura residencia en Alfacar. Benalúa y Purullena nos han tocado en suerte, y si el destino y este concurso, todo tan azaroso, deparan esta apuesta, a fe mía que la acepto sin especulaciones. Hoy mismo he enviado mi renuncia al puesto del CEP, y asumo que de profesor de Historia en Benalúa puedo disfrutar tanto, o mas, que de asesor de CEP en Cuevas, y sobre todo, vuelvo a trabajar con adolescentes, con todos sus rasgos negativos, pero menos viciados en muchos sentidos que tantas personas adultas que me rodean.

He quemado mis naves con algo de pena, pero también con alborozo. Pena porque, después de lo que me ha costado hacerme a la parte burocrática y anodina de mi trabajo actual, me voy antes de poder llevar a la práctica muchos proyectos imaginados y que verdaderamente me ilusionaban: desarrollar mejores cursos on-line para el profesorado de Geografía e Historia y participar en el ilusionamente proyecto de poner en marcha una revista digital junto a mi amigo Antonio. Sé que me correrá un gusanillo por dentro cuando vea avanzar proyectos y temas que hemos compartido durante tantas charlas de despacho, pero tambien sé que algo mío habrá en ello, y eso me hará feliz.
El alborozo me viene por partida doble. Por una parte porque podré residir cerca de mis padres y de mis suegros cuando estos empiezan a necesitarnos, sin necesidad de los permanentes viajes finisemanales. Por otra parte, porque también tengo ganas de intentar poner en práctica con mis alumnos y alumnas las cosillas, muchas, que he aprendido en este año y que, con desigual fortuna, he tratado de extender entre compañeros y compañeras en mi papel de asesor. Ahora me toca intentar predicar con el ejemplo diario tanta teoría sobre la posibilidad de mejorar la práctica educativa y sus resultados tangibles.
Dejo atrás amigos y amigas, compañeros y compañeras y, en menor medida, amigos-compañeros y amigas-compañeras. A todos y todas deseo lo mejor, aunque es difícil que lo mejor para algunos y algunas coincida con lo aceptable para otros y otras. Me gustaría imaginar un CEP que llevara a buen puerto la suma de lo mejor de cada persona individualmente tan distinta de las demás. Lo mejor de Antonio, tanto y tan visible para quien lo conoce que no voy a enumerar, el tiempo que le echa al CEP Enrique, aunque no siempre me queden claras sus motivaciones, la sonrisa y las buenas vibraciones que esparce Clevery cuando entra en el despacho, el afán de superación de sus muros tecnológicos que derrocha Ana, que tanto nos cuesta a los que estamos cerca y nos prestamos a ayudarla, pero que sé que en el fondo de su corazón nos agradece, la candidez y falta de arrogancia con la que Marisa se vuelca en sus especiales temáticas, la eficiencia de nuestra hasta ahora poco aprovechada Isilla, el dulce y perfecto acento con el que Isa Parra intenta mejorar el inglés de los que nos hemos prestado a hacerle de alumnos y alumnas…
Ah. Mención aparte merece nuestro conserje Juan Antonio, inteligencia en estado puro y bondad natural, rasgos tan difíciles de encontrar en una misma persona. Lo voy a echar mucho de menos porque me recuerda en tantas cosas a ese otro conserje que ha sido mi padre hasta su jubilación.
Ni que decir tiene que son más las personas que voy a echar de menos y que he visto aportar al CEP, en este año, cosas muy buenas. Maribel, la dama de morado, se va este año tras ocho de dedicación al CEP. Será protestona, pero nunca la he visto escurrir el bulto en su trabajo y sabe darse a la gente. De Teresa qué puedo decir, si la conocí casi al tiempo que a esta tierra y aún me soporta pese a mi eterna discrepancia. Claridad de principios no le faltan, ilusión por llevarlos a la práctica tampoco, pero el hecho de que me haya soportado como amigo me dice que sabe respetar el pensamiento ajeno y hace el esfuerzo de escucharlo antes de atacarlo, y que también sabe, a veces, aceptar que nadie, ni siquiera ella, puede tener la razón en todo.
He dejado para el final a otra persona que también se va este año, nuestro director Manuel Motos. Hombre de pocas palabras y menos palabrería, sabe escuchar y observar con inteligencia. En todo momento acepta las ideas ajenas y no trata de imponer las propias, aunque bien sé que podría, sino de convencer limando asperezas. No pregona el talante, lo aplica humildemente y sin pretensiones cada día. En fin, en lo que puedo decir de él, ahora que ya nadie puede pensar que le hago la pelota, porque ni él ni yo estaremos en el CEP el año próximo, un jefe ideal con el que ha sido un gusto trabajar, y que conste que lo dice alguien que en el terreno ideológico no está situado en su franja, ni nunca me he sentido obligado a simularlo.
Bueno, dicho algo de lo bueno de todas las personas que quedarán en el CEP, y de las que lo abandonarán al tiempo que yo, también he de reconocer que prefiero callarme rasgos a mi entender negativos de los que nadie está exento, ni exenta. Desgraciadamente, a veces en el trabajo de un equipo en vez de sumarse lo mejor de cada quien cabe el riesgo de que se amontone lo peor de cada cual y, aunque me causa tristeza reconocerlo, parece que es más fácil lo segundo que lo primero. El barco no es mío, pero me daría pena en cualquier caso que se hundiera, o que para que determinadas personas intenten llevarlo a lo que consideran buen puerto se sientan en la necesidad de arrojar por la borda a parte de la tripulación, un lastre desde su punto de vista.
Yo quemo mis naves y cierro la puerta de retorno, pero me gustaría pensar que si algún día vuelvo al CEP de Cuevas como visitante encontraré el lugar que he intentado imaginar y construir, una casa de todos y todas en la que nadie se crea dueño y señor, ni dotado de bula para imponer sus criterios, por buenos que éstos sean o puedan parecer. Para mí, tan importantes como los fines son los medios empleados para alcanzarlos, y en nuestro campo, que, no lo olvidemos, es el de la educación, tan importantes son los procedimientos y los valores como los contenidos. Seguro que es mejor una casa común imperfecta construida por todos y todas que un palacio levantado a golpe de ordeno y mando porque soy el mejor, el más listo y el que tiene menos escrúpulos. Personalmente, me siento incómodo en los palacios virtuales.
Juanmi dicit.
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1 comentario

Publicado por en marzo 27, 2007 en Personal

 

Una respuesta a “Hoy mando quemar mis naves

  1. Anonymous

    marzo 28, 2007 at 5:02 pm

    Enhorabuena por este cambio en vuestras vidas. Con este cambio habéis comenzado un nuevo capítulo en vuestra vida profesional, y ¿por qué no? seguro que en vuestra vida personal.
    De nuevo ¡enhorabuena!

     

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